lunes, 6 de febrero de 2012

Siempre he juzgado el odio irracional como mera ignorancia.
Pero la experiencia convierte al vivirdor en lo que es.

Su nombre es Cristina.

Yo no odio. Nunca. Es una molestia innecesaria, es dedicarle tiempo a la chusma, es gastar energías que podrías usar para liarte un porro, es dar el gusto a un pobre desgraciado. Ignorar siempre es mucho mas placentero y desquiciante para aquellos que a fin de cuentas solo quieren llamar la atención; gallos de corral; plebe; canta mañanas.
La gente es simple y racional, dales carnaza y se tiraran como perros a por ella.
Las peleas son tan aburridas... La manipulación es mucho mas entretenida.

Esas han sido siempre mis lineas.
Hasta que apareció Cristina; zorra espabilada de ego desbordante y camisas de cuadros.

Quizás mi odio no sea irracional en su máxima expresión, pero tampoco tiene un argumento valido frente a un tribunal.
Simplemente la odio.
La odio cual niña posesiva, la odio cual novia celosa, la odio cual cateta senófoba.

Instintivo. Es completamente instintivo, como un animal que invade el territorio de otro.