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viernes, 5 de octubre de 2012


- Piña, te presento al señor Vodka.

Estaba desnudo frente a la batidora, le escuche detrás de la puerta de la habitación de Juan, solo le ví de espaldas. Eran las seis de la tarde, creo que fue un Jueves. Seguro que fue un Jueves.

Tuve la tentación de salir, pero me quedé allí, sentada en el suelo escuchando el ruido de los hielos picándose en las cuchillas y mezclándose con el alcohol. Juan tardó cosa de dos horas en despertarse, cuando me vio me dijo que me pusiese algo de ropa y fuésemos a 'desayunar'.

Él estaba en el sofá, con su bebida en la mano y el mando a distancia encima del estómago. Seguía desnudo.

- ¡Buenos días! - dijo.
- No tienes el más mínimo pudor... - le dijo Juan.

Yo no dije nada.
Desayunamos tostadas y café.

Juan me explicó; era su compañero de piso, se llamaba Alejandro.
Terminamos de desayunar y nos fuimos otra vez a la cama, Juan me folló hasta las nueve y después me fui a beber yo sola al bar de la esquina, me apetecía Vodka con piña.

viernes, 13 de julio de 2012

Me gritó todo lo que pensaba; me dijo que le había gafado; me dijo que le había quitado su talento; me dijo que le había vuelto loco.



Cuando le conocí solo pensé "que hombre tan gallardo".

Vivimos juntos apenas seis meses, cuando finalmente me resigne y acepte que no podía pagar el alquiler sola. En el anuncio puse "Buhardilla luminosa: se alquila habitación a cualquiera que sepa de jazz" -me llegaron más peticiones de las que jamás hubiese pensado. Pero le escogí a él: me gustaba su voz.

Nos pasábamos el día bebiendo, siempre traía whisky caro, al parecer su padre tenía una licorería.
Cuando estaba borracha le amaba, y cuando estaba sobria ni si quiera recordaba su apellido. Besaba bien, era lo único que hacía realmente bien.
Después de acostarnos, aun borracho, me sacaba fotos y bajaba corriendo a revelarlas a la tienda de la esquina.
Recuerdo que cuando me aburría bajaba yo también, para ver la cara del dependiente que había revelado los carretes.

lunes, 4 de junio de 2012

Si me preguntases te diría que ya sabía que iba a pasar, pero eso me dejaría en mal lugar. Así que hagamos como que no me di cuenta de nada y que fue la improvisación quien se encargó de darme los orgasmos aquella madrugada.





Ella le había estado contando toda la noche acerca de su vida, sus manías, sus opiniones y otras muchas cosas carentes de interés que él escuchaba asintiendo cada poco.
Yo sentía que me iba a quedar dormida aun a pesar del estruendoso sonido de la música del local. "Ni se te ocurra bostezar una sola vez más" me dijo ella, que nerviosa agitaba la pajita de su tercer malibú con piña.
Le gustaba aquel chico, y por lo evidente de la situación él también tenía interés en ella, todo podía haber acabado hacía dos horas, pero allí seguíamos los tres, hablando de trivialidades a las dos de la mañana en un garito a reventar de pastilleros y demás gente de buen vivir.
Estaba deseando irme y olvidar el hecho de que llevaba desde las siete de la tarde haciendo de celestina.

El teléfono de él sonó. Un mensaje.

"Mis amigos están en otro pub aquí al lado... ¿Os apetece?" dijo.
Cogimos las chaquetas y nos fuimos. 

Cuando llegamos al susodicho pub nos encontramos de frente a un grupo peculiar de muchachos vestidos con sus mejores galas de caza y pelo engominado que nos recibieron con una sonrisa y poca conversación.  Él nos los presentó uno a uno y pasamos dentro a pedir más bebida.
Cuando me dí cuenta mis dos tórtolos habían desaparecido dejándome sola con los cuatro desconocidos. Mis ganas de irme a casa aumentaron a su máxima potencia.

Empezaron a atacarme con preguntas de manual. El interés en mi no les duro mucho, pronto se irían dispersando a medida que el sitio se fue llenando de féminas con gloriosas dotes de juventud remarcadas en tops ajustados.

Solo quedó uno. El único que no me había dirigido la palabra en todo lo que iba de noche.
El silencio duró unos segundos eternos. Lejos estaba yo de imaginar sus primeras palabras hacía a mi.

- Estoy hasta la polla de esto, ¿te vienes a mi casa a tomar algo que no sepa a aguarrás?

Su serenidad al decir cada frase fue lo que más me sorprendió, pero no más de lo que lo hizo verme a mi misma aceptando la proposición. 
Nos fuimos a una velocidad vertiginosa.

Llegamos a su piso en poco más de diez minutos, no dijimos absolutamente nada en todo el camino. Fue un alivio.
La casa era pequeña y desordenada, con un sofá desilachado por todos lados en el que me tumbé sin pedir permiso. Él llego con dos cervezas en la mano, me dio una. Estaba helada.

- Gloria bendita... - dije yo sin levantarme del sofá y cerrando los ojos.

Él soltó lo que me pareció una risa de complicidad. Se tumbó a mi lado.
Nos quedamos reclinados y apoyados el uno contra el otro.
Su botella me rozó el brazo, se me pusieron los pelos de punta al notar aquella fría sensación, dejé la mía en el suelo y le quité la suya. Le di un trago y le besé.

- Me encanta la cerveza fría... -dijo rozándose los labios con el dedo.

Se puso sobre mi con una lentitud y elegancia dignas de película. Puso su mano derecha  en mi nuca y me besó con descaro.
Mis manos recorrían su espalda desnudándole ansiosamente, la ropa iba cayendo sin piedad al suelo y su lengua se deslizó sin darme cuenta por mi pecho; mis pezones sucumbían a sus dientes y los primeros gemidos escaparon de mi boca miedosos y avergonzados.
Cuando quise darme cuenta sus manos ya jugaban por mis húmedas bragas, que pedían a gritos ser arrancadas.  Nos quedamos desnudos, con la mirada totalmente sucia y rabiosa.
Le tumbé con odio contra el sofá y baje su torso entre besos hasta llegar a la zona cero. Lo cogí entre las manos y empecé a lamerlo muy despacio, haciéndole de sufrir, disfrutando de cada una de sus muecas. Cuando aumente el ritmo le escuché gimiendo de placer mientras me agarraba el pelo. Me exclamó que parase, iba a explotar.

Me agache felinamente hacia mi bolso y saqué un condón, se lo puso sin mediar palabra y me arrastró hacia el suelo.
Cogiéndome de las piernas me penetró. Mi voz y mi cuerpo se descontrolaron.
No hubo medias tintas, empezó con fuerza, velocidad y maldad. Creí que me iba a correr sin haber empezado si quiera. Entre sudor y gemidos me cambió de posición, me manejó como quiso y todo en aquella habitación era compenetración en su sentido mas literal.
Me quedé apoyada contra el sofá, a cuatro patas, él me agarraba de las caderas y se movía al son de mi voz. Se paró esperando a que le suplicara más y lo consiguió.

Con las últimas embestidas y un grito sordo acabó dentro de mi.
Los dos nos quedamos dormidos a los pocos segundos.

Me desperté a la hora y media vistiéndome en silencio, mientras por la ventana empezaban a colarse los primeros rayos de sol.
Me peine, me pinté los labios, le besé en la frente y me fui. No recordaba su nombre, y posiblemente él tampoco el mio.
Fue una buena noche. Un paréntesis en la vida real.

miércoles, 18 de abril de 2012

Los extremos son mi rutina, cuando llego a un equilibrio me siento extranjera en mi propia cabeza.

Estar bien, para mi, es estar muy bien.
Estar mal, para mi, es estar muy mal.

Y últimamente que ni fu, y que ni fa. Siento que me falta algo; me falta angustia y me falta euforia.

El sexo se ha convertido en un pasatiempo, y el cuerpo me pide más. Me pide que me quieran, me pide a Jaime. Y Jaime se ha ido.
Los días giran en torno al trabajo y las facturas, a la mierda de vida adulta de la que parece ser que ahora formo parte.
Las semanas pasan a velocidades vertiginosas, todo se mueve mientras yo me quedo quieta.
He bajado peso, no tengo apetito, no tengo ganas de nada, no hago más que trabajar y follar. Trabajar y follar. Trabajar y follar. Trabajar y follar.
Me aburro. Pienso. Me agobio. Me olvido. Me consumo.





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